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De vez en cuando nace una película cuya virtud principal no está en su guión, sino en su luz, en la magia de su color y en los matices de sus sombras. En esos casos, el guión, aun siendo bueno, pasa a segundo término frente a la belleza de ese icono en movimiento que puede llegar a ser el cine. Víctor Erice, Dreyer, Tarkovski, Kiarostami... Son pocos los que hacen que el resplandor de la fotografía brille sobre la letra del texto escrito. No son mejores cineastas que los John Ford y los Hitchcock, pero del mismo modo que huiríamos de una literatura sin lírica, ¿qué sería del cine sin estos poetas de la luz?
Éste no es el caso de Saura. Pero sí lo es del tándem Saura-Storaro: director e iluminador respectivamente de Goya en Burdeos. Su colaboración, consolidada a través de películas como Tango y Flamenco, ha alcanzado su madurez, siendo capaces de narrar unos hechos reales de forma simbólica, completamente alejada de los patrones del cine biográfico, en la vanguardia de la estética cinematográfica. En realidad, podría decirse que la película está dirigida por ambos, dado el protagonismo que adquiere el director de fotografía. A través de los innumerables recursos de Vittorio Storaro y de la singular puesta en escena de Carlos Saura, nos encontramos, como salido de un sueño, con don Francisco de Goya, a sus 82 años, exiliado en Burdeos junto a Leocadia Zorrilla de Weiss, la última de sus amantes. El pintor aragonés, encarnado en un magnífico Paco Rabal -y en un convincente José Coronado-, reconstruye para su adolescente hija Rosario los acontecimientos que marcaron su vida: las convulsiones políticas, el éxtasis de la fama, y por encima de todo su apasionada obsesión por Cayetana, duquesa de Alba. Goya, además de hacer un cierto examen de conciencia, repasa y juzga la historia de España, y rememora sus influencias pictóricas, así como da diversos consejos a su pequeña hija, a la que no tiene más remedio que tratar como a una nieta. |
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Goya en Burdeos no es, ni mucho menos, una obra perfecta. Tampoco es un mero ejercicio de retórica esteticista. Es irregular en el fondo y la forma, pero, por un lado, ama y busca la belleza como un bien en sí mismo, por encima del éxito de taquilla, y, por otro, trata el personaje de Goya con dignidad, con honradez humana, sin histrionismo ni caricaturas. La grandeza y la miseria de Goya son descritas con la mirada serena y excusadora que da la senectud, y son acogidas con la ternura y generosidad que da la edad inocente de su hija. Incluso los elementos eróticos de su relación con la duquesa, siendo muy explícitos, no caen en la vulgaridad de Volavérunt ni en la reiteración tan querida de otros cineastas españoles.
En fin, fieles lectores de Alfa y Omega, se acerca el momento en que nuestro querido semanario publicará sus premios anuales de cine. Sin duda, no es el aspecto humano o religioso lo que define el film de Saura, pero sí lo es el amor responsable a la belleza como forma de desvelar lo más auténtico de la realidad. En un mundo donde el feísmo se ha convertido en objeto de veneración, en un cine en el que Torrente, Abierto hasta el amanecer 2, y diversas pseudoimitaciones de Tarantino tratan de conquistar la hegemonía estética, obras de arte como la que nos ocupa son las que nos vuelven a indicar la verdadera dimensión ontológica del cine: ser reflejo de la Luz que disipa la opacidad de todas las cosas. Y ya por eso, Goya en Burdeos merece todo nuestro respeto. Juan Orellana |