RetrocesoA&ONº 188/25-XI-1999SumarioEl Día del SeñorContinuar
Primer Domingo de Adviento
Evangelio
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

-Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.

Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea. Encargando al portero que velara.

Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.

Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!

Marcos 13, 33-37

Tensar la esperanza
El tiempo de Adviento es como un arco que tensa la cuerda de la espera para que la flecha acierte en la dirección precisa y haga blanco en la diana. Tensar la esperanza hacia Cristo: eso es el Adviento. Y la esperanza se tensa con el deseo. Tras la marcha del amigo y del esposo, el deseo de que vuelva aviva la esperanza. Si este deseo disminuye y se apaga, el alma se aletarga y duerme.

¿Por qué insiste tanto Jesús en la vigilancia? ¿Qué peligro acecha al cristiano para que Jesús recurra a la amenaza de una vuelta inesperada que sorprende dormido al portero de la casa? ¿Por qué se compara a sí mismo con el dueño de casa que se va de viaje sin anunciar el día de su vuelta?

La respuesta a estas preguntas puede hallarse en otras palabras de Cristo: Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra? Parece como si diera a entender que, desde su Ascensión hasta su retorno, la fe correrá el riesgo de perderse, de quedar reducida a la nada. Y quien pierde la fe, pierde la memoria viva de Cristo, y el deseo de su retorno. El pecado más grave del hombre redimido es dejar de esperar, caer en el reino de la noche. Dormir.

Muy pronto llevaremos dos mil años de espera. Dos mil años en que la Iglesia ha cumplido, cada adviento, con su tarea de avivar en nosotros el deseo de Cristo. Vivimos en permanente adviento; pero un adviento que nace de una promesa cumplida: la del Hijo de Dios venido en nuestra carne. Lo que esperamos tiene su fundamento en una visita que transformó para siempre nuestra existencia; la llenó de luz y de vida. Nos sacó de la noche al día; de la muerte a la inmortalidad. Dios vino a nuestra carne. Y aquel acontecimiento histórico, que san Pablo llama bienaventurada esperanza, acrecienta nuestra sed de Cristo y aviva el deseo de su retorno: ¡Ven, Señor Jesús!

El calibre de nuestro amor viene determinado por la tensión de la espera. Quien ama, vigila, gime, protesta de lo que retrasa el encuentro con el amado. Decidle que adolezco, peno y muero, suspiraba san Juan de la Cruz. El vigilante pone guardia al corazón, y sólo permite la entrada a lo que acrecienta la sed de su venida. No se contenta con velar; llena la vigilia de oración infatigable. Huye de los excesos nocturnos y vive sobriamente, atento al momento incierto del retorno. El momento en que aquel que se fue de viaje, el Señor y Dueño de la casa, haga su aparición, descorra el velo de la fe y cumpla la promesa de dejarse ver la cara. Entonces el alma, desde el arco tenso de la espera, se clavará para siempre en el pecho abierto del amor y allí saciará su deseo.

César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Con el Adviento, comienzo del año litúrgico en la Iglesia,
empieza un año de especial significación:

Año de Gracia
El jubileo, yôbel, se llama así porque su inauguración se anuncia al son de trompeta, yôbel. Tenía lugar cada cincuenta años, al expirar siete semanas de años. Era una franquicia, derôr, de todos los habitantes del país. Las tierras quedaban en reposo, cada cual volvía a entrar en posesión de su patrimonio, es decir, los campos y las casas que habían enajenado volvían a su primitivo propietario.

Los deudores insolventes, los esclavos israelitas eran liberados. Razones: la tierra no se puede vender con pérdida de derecho, ya que pertenecen a Dios; los israelitas no pueden ser reducidos a esclavitud perpetua porque son servidores de Dios, que los hizo salir de Egipto.

Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado; entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

(Lucas 4, 16-21)