RetrocesoA&ONº 188/25-XI-1999SumarioIglesia en MadridContinuar
El Venerable Bernardino de Obregón,
maestro en el arte de entregarse a los demás

El zig-zag de una vocación
Recientemente fueron exhumados los restos de Bernardino de Obregón y trasladados a la
Sacramental de Santa María, donde se efectuó el solemne enterramiento tras la Misa
corpore insepulto, celebrada por el obispo auxiliar de Madrid monseñor César Franco

Bernardino de Obregón nació eL 20 de mayo de 1540, en el monasterio burgalés de Las Huelgas.Era el azar de una huída familiar que llega desde Santander, la tierra originaria, buscando cobijo contra persecuciones políticas que pretenden acabar con los varones del tronco de Obregón. Y allí transcurren los primeros años del muchach, hasta que el fallecimiento de sus padres, muy temprano, le obliga a acogerse al amparo de un sacerdote que ejerce su ministerio en la ciudad de Sigüenza. Allí inició su carrera eclesiástica, aún a temprana edad. Surge un brusco cambio. Quizás un compañero de juegos o de estudios; el recuerdo de las profesiones de otros miembros familiares; es posible que la quietud de Sigüenza se alborotara por el paso de tropas camino de Flandes. El hecho es que abandona sus latines para unirse a los Tercios que iban a escribir la brillante página de San Quintín.

Meses después, Bernardino de Obregón -ya capitán- pasea su arrogancia de vencedor por las calles de un Madrid chiquito que empieza a ser, sin saberlo, capital de las Españas. Todavía reina Felipe II.El militar ostenta también la secretaría del duque de Sesa. Viene de la calle de la Sal, en dirección a la subida de Santa Cruz, hoy calle de Esparteros. Un hombre está barriendo la calzada con tan poca fortuna que mancha el cuidado atuendo del presumido capitán.Transcurren unos segundos, en los cuales la intensa cólera domina al agraviado porque, ¡casi nada!, un villano se ha atrevido a estropear su vestido. Golpea con rabia sus botas para sacudirse el polvo y abofetea al barrendero, marcándole un surco rojizo en la mejilla. El afrentado guarda silencio por unos instantes; luego, se descubre ante su ofensor y expresa: Señor, en mi vida me he visto más honrado.

COMO EL MAS HUMILDE

Esta actitud, desde este momento, graba hondo surco en el espíritu de Obregón. Pocos días después llama al Hospital de la Villa y solicita humildemente: Admítame como el más humilde de los enfermeros del establecimiento.

Y comienza, a partir de este suceso una vida, de leyendas para cronistas y poetas y -es lo más esencial- de santificación. Empieza a enraizarse en el quehacer de la Villa: contribuye decisivamente a reunir los numerosos hospitales existentes de actividades reducidas y de ámbitos limitados en esta segunda parte del siglo XVI, antecedente fundamental del luego Hospital General. La Comunidad de Hermanos Hospitalarios se transforma en los Hermanos Obregones, que es la denominación con que los denomina el vulgo. También es él quien recupera la efigie de la Virgen de Madrid de la gran mancebía de la calle del Carmen, para instalarla en la Capilla del mencionado Hospital General; hoy está en la del Hospital Gregorio Marañón.

Muere Felipe II, y junto a él, hasta los últimos momentos, se halla nuestro personaje; así figura en un cuadro que guarda el Museo del Prado. Aún tiene tiempo para escribir el libro titulado: Instrucción de enfermos y verdadera práctica de cómo se han de aplicar los remedios que enseñan los médicos.

Una epidemia de peste invade Madrid en el verano de 1599.El espectáculo resulta dantesco. Los cadáveres permanecen insepultos en casas y en calles, aumentando así el poder de la terrible plaga, ya que no hay personal bastante para su enterramiento. Las personas sanas huyen rápidamente y los moribundos quedan solos esperando el terrible final. Pero existe una uténtica isla de amor en tanta desolación: el Hospital de Convalecientes (espacio que ocupó el Hospital General y ahora el Museo Reina Sofía).

Bernardino de Obregón, con sus hermanos de Congregación, multiplica sus afanes para atender a los apestados, repartiendo consuelo, oraciones y medicinas, que no son remedios; cerrando los ojos de los que parten definitivamente. Bernardino, sin dormir apenas, sin miedo al contagio va de un lado a otro, día y noche. Es una lucha contra la muerte de otros que, finalmente, les cuesta la suya. Su cuerpo permanece expuesto en el templo del Hospital y, ante el mismo, desfila una gran muchedumbre. Dos veces es necesario cambiar su hábito, porque la gente lo arranca a pedazos para guardarlos como reliquias que, después, iban a forjar prodigios.

Su cuerpo fue depositado en la iglesia del Hospital, y con esta institución se trasladó, en 1621, a la capilla del mencionado Hospital General, en solemne acto presidido por Felipe IV.

La Real e Ilustre archicofradía Sacramental de Santa María y del Hospital General de esta Villa -creada en 1581 por Bernardino de Obregón- acordó, en 1998 -el año víspera del IV Centenario del fallecimiento del fundador- celebrar tal acontecimiento con la solemnidad requerida e incoar el correspondiente expediente para la canonización del hasta ahora Venerable.

Próximamente se colocará en la fachada del Museo Reina Sofía una placa de mármol y bronce como homenaje del pueblo madrileño a su benefactor el Venerable Bernardino de Obregón.

Francisco Azorín
Del Instituto de Estudios Madrileños