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Éste es el título de un precioso artículo que Indro Montanelli ha escrito en la portada de Il Corriere della Sera, en el que dice:
«Por primera vez en boca de este Papa itinerante y sin morada fija hemos escuchado unas palabras de alivio por su vuelta a Roma. Pero temo que se trate de un simple momento de respiro y no de una conversión al sedentarismo. Su vocación al apostolado misionero la entendimos desde el principio. Lo que no habíamos previsto es la participación, y después la ansiedad, y ahora la angustia con la que habríamos seguido su incansable caminar por el mundo, tanto por el amigo como por el hostil, con su paso cada vez más inseguro y con su mano cada vez más temblorosa, y con su indiferencia a los resultados prácticos de esas enormes fatigas, como si éstas fuesen un fin en sí mismas. Como quizá lo sean. No quisiéramos parecer egoístas y aún menos irreverentes; pero ¿se da cuenta el Papa Wojtyla de la implicación de sus fieles en las inseguridades y emboscadas de su errabunda vida? Quien escribe es, entre los fieles, uno de los menos fieles y más alejados. Confieso que nunca he temido por la suerte de un Papa: el Papa está allá arriba, en un lugar que no es aún el cielo, pero que ya no es la tierra: ya no es de los nuestros. Wojtyla no. Él, que quizás está más cerca del cielo que todos sus predecesores, es de los nuestros. Como tal lo sentimos, y he ahí por qué tememos por él. Éste es un Papa que no pudiendo morir en la Cruz, de lo que quizás se sienta defraudado, intenta no morir en su propia cama entre médicos y medicamentos. No se detendrá, lo sabemos, si no es para tomar un poco de aliento que le dé fuerza para volver a ponerse en camino. Nadie puede entretenerle porque la misión es más fuerte que él. |
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La única vez que fui a verle, para una pequeña cena absolutamente confidencial y off the record, vi con mis propios ojos su no asimilación de aquel ambiente solemne y fastuoso, donde se había reservado un pequeño apartamento de empleado de categoría B. Me pareció tomar la comida a escape, como si detrás de la puerta tuviese ya su maleta preparada para otro viaje. No sé, naturalmente, a dónde se propone ir ahora, ya que son pocos los rincones de la tierra que su pie no haya pisado aún. Pero no creo que renuncie a ir. Que sepa sólo que, allá donde vaya, no irá solo porque iremos sin aliento a acompañarle todos, también los menos fieles.
Ignoro qué puesto reservará la Historia a este Papa y a cuántas y cuáles de las metas que se ha propuesto logrará llevar a la Iglesia. Pero creo que, de sus 264 predecesores, ninguno ha llegado a movilizar a las masas que él ha movilizado: las que abarrotan las plazas para escuchar su palabra desnuda; más las que le siguen los pasos desde lejos con miedo de verle caer de un momento a otro. Santo Padre, piense un poco en éstos». |