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Una religiosa a la que le queda menos de un año para hacer su Profesión perpetua, un recién nacido abandonado y un deprimido crónico, propietario de una lavandería, son los protagonistas de Fuera del mundo (Fuori dal mondo), la nueva película de Giuseppe Piccioni, que representará a Italia en los Oscars de este año, tras el histórico triunfo de La vida es bella en la edición anterior.
El mecanismo narrativo gira en torno a estos tres personajes, que gracias a una serie de casualidades se van encontrando hasta trabar profundos lazos. El marco de la historia es la ciudad de Milán, una ciudad fría, lejana. Milán encarna el rostro deshumanizado de muchas metrópolis modernas, glaciales, metálicas, con olor a gasolina, en las que las relaciones humanas son simplemente superficiales, y las incomprensiones terribles. Donde la falta de amor lo explica todo. Lo más original de la película de Piccioni es que tiene por protagonista a una monja y, sin embargo, no es un film ideológico. Se trata de una narración que en todo momento quiere agarrarse con todas sus fuerzas a la realidad concreta de la vida, en este final de milenio en que el hombre vive estancado en un malestar espiritual cotidiano que no sabe definir. En este trozo de sociedad post-ideológica, todo ha saltado en pedazos: la familia, la relación de pareja, las relaciones de trabajo, los sentimientos. Incluso la maternidad es rechazada: brutalmente rechazada. Todos los protagonistas están precisamente fuera del mundo. El gran error consistiría en pensar que la que está fuera es la religiosa, porque ha decidido consagrarse a una vida absorbente, preñada de sentido, en un mundo en el que el significado auténtico de la existencia parece perdido. Cada cosa, cada relación, cada lazo -incluso el más íntimo- se ha roto. Y el rostro límpido de la joven monja (Margherita Buy), como el del oscuro y pequeño empresario (Silvio Orlando), son al mismo tiempo la imagen de esta ruptura y el deseo de trastocar este mundo amenazado por la perenne infelicidad. |
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Pero lo que realmente da fuerza a la película es algo típicamente italiano: el humor humano que permite contraponer de manera suave y realista la indiferencia y el desprecio de la vida con la búsqueda del amor absoluto.
El director ha vivido tanto en la angustia descafeinada existencial del hombre de final del siglo, que tiene que hacer esfuerzos para creer en lo que quiere creer: la felicidad. De este modo, concluye que la felicidad total existe en otra realidad -¿irreal o trascendente?-, como muestra la última secuencia del film, en la que todos los protagonistas sonríen con serenidad mirando a la cámara. Hay que reconocer a Piccioni el mérito de lanzarse tras las huellas de un mundo verdadero, hecho de gente tenida por insignificante que ama, sufre y que vive como puede, entre arranques de entusiasmo y renuncias, esperanzas y desilusiones. Lo que le interesa es la santidad de todos los días; la santidad de quien está llamado a realizar gestos humildes, pero esenciales. Y, entre todos los protagonistas de esta película, destaca la imagen de una religiosa, que, a pesar de sus dudas, se convierte en una perfecta encarnación de esa santidad de la vida de todos los días. Jesús Colina. Roma |