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Reproduce fidelísimamente el códice autógrafo que hoy puede admirarse tal cual salió de las manos de su autora, en 1565, y que es un fiel reflejo del castellano que se hablaba en la vida de aquel tiempo en Ávila. Se ofrece con versión paleográfica y transliterada y con un estudio del padre Álvarez, uno de los primeros teresianistas, si no el primero, conocedor tanto de la doctrina cuanto, sobre todo, de la grafía teresiana; a él debemos ya ediciones definitivas análogas del Camino de perfección (tipografía políglota vaticana), y de las Moradas del castillo interior (Editorial Monte-Carmelo). Con esta edición facsímil de esta joya de nuestra espiritualidad y de nuestra literatura del Siglo de Oro, se desea salvar para la posteridad el autógrafo de la Santa, cuyas páginas sufren un proceso de erosión a causa de la tinta.
Dos milagros puso de relieve, al presentar la edición, el director de la Real Academia: el milagro de una mujer de ascendencia conversa y monja, que en tiempos recios alza su voz de mujer ante la sociedad y la Iglesia de su tiempo, y, sobre todo, el milagro del descubrimiento de la propia intimidad a través de la experiencia, y privada del, para ella fundamental, subsidio de las lecturas, en el conventico abulense de San José, donde alternaba pluma y rueca. Por las cuatro esquinas del libro fluye a borbotones la vida española, por más que se celen los nombres, con un estilo como el del mar, -dijo García de la Concha-: siempre igual y siempre distinto. |
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Doce años estuvo el texto autógrafo en manos de la Inquisición, hasta que por fin una copia llega -¡qué entusiasmo!- a las manos universitarias de Fray Luis de León en Salamanca, y el que había escrito que lo que mejor podía hacer una mujer sabia era callar, se convierte en el mejor valedor de Teresa de Ávila, y llega a decir que el Espíritu Santo movía su pluma. En este libro hay un diálogo alma-alma con el lector, a la búsqueda y al encuentro de la palabra que se encarna en lo cotidiano. No parece sino que el padre Álvarez hubiera estado espiando por encima del hombro de Teresa de Jesús mientras lo escribía. Sin duda la santa Doctora, maestra en el arte de agradecer, agradece la edición de esta obra de estilo humilde, como ermitaño y desafeitado, pero tan excelsa que sólo verla en edición facsímil ya da contento al ánimo. ¿Qué será tenerla en las manos?
Miguel Ángel Velasco |