RetrocesoA&ONº 188/25-XI-1999SumarioTestimonioContinuar
La persecución, en China
En China no podemos celebrar la Misa cuando queremos. No podemos emprender ninguna actividad como, por ejemplo, la ordenación de sacerdotes o abrir un nuevo seminario. La libertad del sacerdote de la Iglesia oficial es todavía menor que la del sacerdote clandestino: se les controla cualquier movimiento, cuándo se entra y se sale de casa. Para cualquier actividad es obligatorio pedir permiso. Un sacerdote de la Iglesia clandestina puede al menos visitar a los fieles en secreto.

Yo, sin embargo (encontrándome en arresto domiciliario), no tengo libertad para visitar a mis fieles. A veces hago alguna misión a escondidas, pero es dificilísimo. Desde que Hong Kong retornó a China, en las solemnidades de la Iglesia, me encuentro siempre bajo arresto domiciliario. Me han encerrado en casa, sin poder tener contactos con los fieles. Sacerdotes o religiosas pueden venir a verme sólo de dos en dos, o individualmente, pero siempre a escondidas. Si por casualidad son descubiertos, son castigados y se les confiscan sus objetos religiosos y dinero. Cuando digo que voy a la ciudad para consultar a un médico, no me creen y me dicen: Seguramente vas a visitar a tus fieles…

Los funcionarios del Gobierno nos dicen que lo único que podemos hacer es rezar por el Sumo Pontífice, pero no someternos a él. Yo les digo: Vosotros no profesáis ninguna religión. Nuestra fe es una, santa, católica y apostólica; nuestra relación con el Papa es como la relación entre el tronco de la vid y los sarmientos…

Los seminarios de la Iglesia católica disponen de formadores provenientes del extranjero. Esperamos que estos formadores enseñen también en los nuestros. Ciertamente existen dificultades también desde el punto de vista financiero, pero podemos resolverlas. En nuestra diócesis clandestina tenemos actualmente 40 sacerdotes, 50 seminaristas, 100 religiosas…

Un obispo chino