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Todo se me escapa de las manos. Mi corazón está triste porque no sabe de dónde lo están llamando. Sólo puedo ver las frías paredes de piedra que me encierran. Se alzan desafiantes ante mí y a veces creo ver su mirada fija en mis ojos, cuando el sueño me aleja de esta realidad amarga.
Es entonces cuando siento que la piedra se deshace en lágrimas, silenciosas y penetrantes, en aquel sitio en el que la sombra de las paredes se juntan. Y entonces, como un pobre loco, me acerco a ellas y las acaricio con mis manos, intentando consolar su dolor. Dios, ¡qué horrible pesar abate mi corazón! Quiero salir de aquí, de esta cárcel, de esta prisión sucia y amarga. Quiero volver a ver el cielo, un montón de cielo. Quiero ver el sol cuando esté en lo más alto de ese mar azul y la mañana llegue al mediodía. Y por la tarde, apagado ya el poniente, cuando las sombras se acurrucan bajo los árboles, descubrir a las hadas del sueño, cargadas con sus cestos rebosantes de ensueños. Quiero levantar los ojos al cielo, ver las nubes, que vagan, con sus velas blancas hinchadas de viento. Quiero escapar al lago, callado y dormido, donde, al anochecer, las altas hierbas invitan al rayo de luna a errar sobre las ondas... y escuchar el cristal murmurante del río en lo oscuro de la medianoche. Quiero sentarme a los pies de un árbol, cerca del enredo de esas raíces suyas que se agarran a la tierra. Quiero ver su inmensa sombra negra retorciéndose en el agua, como el sueño cuando lucha por despertarse. Y entonces querría ser el viento para pasar entre sus ramas suspirantes; querría ser su sombra y alargarme con el día sobre el agua. Poseer aquello que nunca quisieron ver mis ojos, lo que siempre desprecié. Sentarme junto al río, aprender su melodía encantada, jugar con las ondas, sentir cómo su risa juguetona me besa las manos, y resbala por mis dedos y se pierde de nuevo entre su sencilla grandeza. Y, al anochecer, sentir que todo lo envuelve el silencio del cielo, contemplar la blancura de un lirio, pálido por el amor de la luna... Pero, aquí dentro no hay nada más que silencio; todo está callado y quieto, como la espada en las rodillas de un centinela dormido. Todo está oscuro, como un sueño sin sueños. Siento frío, siento miedo. Mi alma lucha por librarse de esta cárcel, por escapar de esta prisión que le ata y le encadena a esta amarga condena. Quiero arribar a la playa de la eternidad, donde todo refluye llevado por las olas del tiempo. Quiero ahogar mi vida vacía en ese mar y sentir, aunque sea sólo una vez, una dulce caricia que vaga perdida en la inmensidad del universo. Tú, la Siempre Triste, Tú, Muerte, Dama Negra, maldita y odiada por todos, y, sin embargo, amada esperanza para mí. Ven al anochecer, cuando el corazón se encuentra resentido de soledades. Ven, llévame; el mundo está dormido y no sabrá que llegaste furtiva, mientras las estrellas se miraban y nos hacían un guiño cómplice. Ven. Sólo vestiré una rosa blanca en la mano y una canción en los labios mientras te espero, a la mortecina luz de mi lámpara. En la espera, la luz de mi alma alarga y encoje sombras en las paredes frías, y entre el aullido de este silencio, oigo que me llamas ya, por fin, con un nuevo nombre para mí desconocido. Luisa Hernández Jiménez |
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Cabe la vida entera en un soneto Manuel Machado El último empleo Muerte, si mi esposo muerto, Lope de Vega |