RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioDesde la feContinuar
Carta de la Santa Sede a todos los sacerdotes del mundo
Ministros del amor de Dios
Con el título El presbítero, maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad cristiana, la Congregación para el Clero ha dirigido una carta circular a todos los sacerdotes. En torno a los tres ejes que constituyen el título, la Carta delinea las tareas propias y urgentes para los sacerdotes de comienzos del tercer milenio: Sacerdotes portadores fieles de la Palabra de Dios, que es fuerza iluminadora y salvadora para el hombre y la sociedad de hoy; sacerdotes que son, y que tienen que serlo cada vez más, signos visibles del amor misericordioso de Dios a su Iglesia y al mundo, y que ayudan a actualizar ese amor por el testimonio de sus vidas y por la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y de la Penitencia; y, finalmente, sacerdotes guías de la comunidad de la Iglesia que hoy, como lo ha sido siempre, es sacramento universal de salvación para todo el género humano.

La Carta comienza animando a todos, como ha hecho el Santo Padre Juan Pablo II, a vivir intensamente la urgencia de la nueva evangelización a que están llamados todos los fieles cristianos, en virtud de su Bautismo. Una evangelización que viene exigida por el mismo Cristo, que quiere que su amor y modo evangélico de vida impregne todos los ámbitos del ser y de la sociedad: personal, social, laboral, económico, etc. Pero su urgencia está exigida también por las actuales circunstancias del mundo de hoy, donde es evidente que, en multitud de ocasiones, el hombre ha desplazado a Dios de sus modos de vida. Una evangelización que hay que realizar a la vez en dos ámbitos: Por una parte, en los países de tradición cristiana, donde esa fe, en muchos casos, no lleva a verdaderos comportamientos y actitudes evangélicas de vida. Por otra, ad extra; es decir, es necesaria la salida para comunicar a Cristo y que su mensaje y modo de vida salvador llegue a todos los que viven en aquellos lugares del planeta donde todavía no saben nada de Él.

Aunque los artífices de esta nueva evangelización somos todos los cristianos, no cabe duda de que sus motores e impulsores son los obispos y los sacerdotes, sus más inmediatos colaboradores. He aquí, en síntesis, el perfil de sacerdote que Cristo y los tiempos reclaman:

-Personas que tienen una experiencia personal gozosa de Dios y de esa salvación, de la que son portadores y mensajeros.

-Hombres creyentes en la Palabra, oyentes asiduos de Dios en su Palabra, y por eso viven en familiaridad diaria con ella.

-Son, por tanto, hombres de oración profunda y continua. La Biblia y la Liturgia de las Horas son alimento indispensable de esta oración.

-Mensajeros fieles de la Palabra de Dios, que es Palabra eficaz y actual de salvación. Han de esmerarse, por tanto, en comunicar íntegro el mensaje y de modo adecuado a los oyentes. Necesitan, de este modo, preparar bien, profesionalmente, la predicación, tanto de forma remota como próxima, sabiendo qué quieren comunicar y cómo hacerlo. No cayendo en vagas generalidades sino iluminando las situaciones concretas que viven sus oyentes y el mundo de hoy.

-Sacerdotes que tienen como centro de su actividad la celebración de la Eucaristía, que es la que constituye e incrementa el Pueblo de Dios. Una Eucaristía bien celebrada, donde el primero que se ofrece con Cristo es él e invita a los demás a hacerlo, ayudando a que toda la asamblea viva así el sacerdocio común de los fieles. Una Eucaristía que no se limita a la celebración: toda la vida del sacerdote tiende a ella y brota de ella. De aquí que su persona, por su modo entregado de ser y hacer, sea transparencia, signo visible del amor y entrega de Cristo por su Iglesia y por todos. Éste es el sentido del celibato.

-Sacerdotes que son reflejo de la misericordia del Padre con todos, especialmente con los pecadores, necesitados de amor y de perdón, que son acogidos con entrañas de misericordia y animados al cambio sincero de vida. Es, por tanto, el hombre que se dedica al sacramento de la Penitencia y facilita que todos se beneficien de este perdón poniendo un horario que todos conozcan.

-Finalmente, es el hombre que, con docilidad al Espíritu, sin autoritarismos, pero con una sana determinación, sabe ser guía de la comunidad, a imagen del Buen Pastor, por los caminos del Evangelio hacia Dios. Debe, para ello, conocer a cada uno, como el Buen Pastor los conoce; ser cercano y amigo, experto en humanidad, revestido de los mismos sentimientos de Cristo, manso, pobre y humilde; y comprender que el ejercicio de la necesaria y evangélica autoridad es el servicio y el ejemplo entregado.

De esta forma, con sacerdotes maestros-oyentes de la Palabra, con ministros del amor de Dios actualizado en los sacramentos y con guías de la comunidad a imagen de Cristo Buen Pastor, la Iglesia podrá caminar esperanzada en la nueva evangelización de los hombres y mujeres del tercer milenio cristiano.

Francisco Javier Díaz Lorite

Director del Secretariado
de la Comisión Episcopal del Clero