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Con el título El presbítero, maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad cristiana, la Congregación para el Clero ha dirigido una carta circular a todos los sacerdotes. En torno a los tres ejes que constituyen el título, la Carta delinea las tareas propias y urgentes para los sacerdotes de comienzos del tercer milenio: Sacerdotes portadores fieles de la Palabra de Dios, que es fuerza iluminadora y salvadora para el hombre y la sociedad de hoy; sacerdotes que son, y que tienen que serlo cada vez más, signos visibles del amor misericordioso de Dios a su Iglesia y al mundo, y que ayudan a actualizar ese amor por el testimonio de sus vidas y por la celebración de los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía y de la Penitencia; y, finalmente, sacerdotes guías de la comunidad de la Iglesia que hoy, como lo ha sido siempre, es sacramento universal de salvación para todo el género humano.
La Carta comienza animando a todos, como ha hecho el Santo Padre Juan Pablo II, a vivir intensamente la urgencia de la nueva evangelización a que están llamados todos los fieles cristianos, en virtud de su Bautismo. Una evangelización que viene exigida por el mismo Cristo, que quiere que su amor y modo evangélico de vida impregne todos los ámbitos del ser y de la sociedad: personal, social, laboral, económico, etc. Pero su urgencia está exigida también por las actuales circunstancias del mundo de hoy, donde es evidente que, en multitud de ocasiones, el hombre ha desplazado a Dios de sus modos de vida. Una evangelización que hay que realizar a la vez en dos ámbitos: Por una parte, en los países de tradición cristiana, donde esa fe, en muchos casos, no lleva a verdaderos comportamientos y actitudes evangélicas de vida. Por otra, ad extra; es decir, es necesaria la salida para comunicar a Cristo y que su mensaje y modo de vida salvador llegue a todos los que viven en aquellos lugares del planeta donde todavía no saben nada de Él. |
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Aunque los artífices de esta nueva evangelización somos todos los cristianos, no cabe duda de que sus motores e impulsores son los obispos y los sacerdotes, sus más inmediatos colaboradores. He aquí, en síntesis, el perfil de sacerdote que Cristo y los tiempos reclaman:
-Personas que tienen una experiencia personal gozosa de Dios y de esa salvación, de la que son portadores y mensajeros. -Hombres creyentes en la Palabra, oyentes asiduos de Dios en su Palabra, y por eso viven en familiaridad diaria con ella. -Son, por tanto, hombres de oración profunda y continua. La Biblia y la Liturgia de las Horas son alimento indispensable de esta oración. -Mensajeros fieles de la Palabra de Dios, que es Palabra eficaz y actual de salvación. Han de esmerarse, por tanto, en comunicar íntegro el mensaje y de modo adecuado a los oyentes. Necesitan, de este modo, preparar bien, profesionalmente, la predicación, tanto de forma remota como próxima, sabiendo qué quieren comunicar y cómo hacerlo. No cayendo en vagas generalidades sino iluminando las situaciones concretas que viven sus oyentes y el mundo de hoy. -Sacerdotes que tienen como centro de su actividad la celebración de la Eucaristía, que es la que constituye e incrementa el Pueblo de Dios. Una Eucaristía bien celebrada, donde el primero que se ofrece con Cristo es él e invita a los demás a hacerlo, ayudando a que toda la asamblea viva así el sacerdocio común de los fieles. Una Eucaristía que no se limita a la celebración: toda la vida del sacerdote tiende a ella y brota de ella. De aquí que su persona, por su modo entregado de ser y hacer, sea transparencia, signo visible del amor y entrega de Cristo por su Iglesia y por todos. Éste es el sentido del celibato. -Sacerdotes que son reflejo de la misericordia del Padre con todos, especialmente con los pecadores, necesitados de amor y de perdón, que son acogidos con entrañas de misericordia y animados al cambio sincero de vida. Es, por tanto, el hombre que se dedica al sacramento de la Penitencia y facilita que todos se beneficien de este perdón poniendo un horario que todos conozcan. -Finalmente, es el hombre que, con docilidad al Espíritu, sin autoritarismos, pero con una sana determinación, sabe ser guía de la comunidad, a imagen del Buen Pastor, por los caminos del Evangelio hacia Dios. Debe, para ello, conocer a cada uno, como el Buen Pastor los conoce; ser cercano y amigo, experto en humanidad, revestido de los mismos sentimientos de Cristo, manso, pobre y humilde; y comprender que el ejercicio de la necesaria y evangélica autoridad es el servicio y el ejemplo entregado. De esta forma, con sacerdotes maestros-oyentes de la Palabra, con ministros del amor de Dios actualizado en los sacramentos y con guías de la comunidad a imagen de Cristo Buen Pastor, la Iglesia podrá caminar esperanzada en la nueva evangelización de los hombres y mujeres del tercer milenio cristiano. Francisco Javier Díaz Lorite Director del Secretariado |