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Gracia Querejeta ha estrenado con éxito su tercer largometraje, Cuando vuelvas a mi lado. La película tiene unas virtudes que parece urgente reivindicar en los tiempos que corren. En un momento en el que aún muchos directores dejan sentir el peso de ideologías periclitadas, Gracia se sitúa deliberadamente al margen de cualquier prejuicio político e ideológico; en un contexto, en el que se pretende, cada vez más, captar la emoción del público a través de imágenes impactantes o de situaciones de un desbocado sentimentalismo, ella apuesta por la sobriedad, la contención, la elegancia e, incluso, el pudor. Y, por último, mientras muchos cineastas optan por el cine comercial, taquillero, fácil y, sobre todo, muy cargado de tópicos y moldes de venta fácil, la joven Querejeta apuesta por un cine maduro, serio, con historias adultas, tratadas con inteligencia, filmadas con arte auténtico y sin concesiones a los gustos fáciles y miméticos. En definitiva, en Gracia Querejeta se dan todas las condiciones para la superación definitiva de la españolada y de un cierto cine manipulador.
La paternidad y la familia, la pertenencia al propio pasado, son temas recurrentes en tu cine. Me gustan las películas que hablan de personas y de relaciones entre personas, por ello es natural acabar contando historias que tocan temas familiares, porque el género humano vive en familias, necesita vivir en comunidad. No hay en mí una obsesión programada por ahondar en esos temas, sino que surgen de forma natural. Es muy interesante tu puesta en escena: cuanto más trágico es lo que quieres contar, menos concesiones haces al sentimentalismo. Si hay que elegir entre quedarse corta por sobria, o pasarse, yo prefiero quedarme corta. El reto del guión está en saber emocionar en el preciso momento, sin adelantarte, tratando luego que las interpretaciones de los actores sean más contenidas que externas. Si un guión tiene suficiente potencia dramática no es necesario cargar las tintas en la puesta en escena. Además está la libertad del espectador: yo doy una información, y luego cada uno debe sacar sus conclusiones. Mis películas tienen que hablar por sí mismas, carecen de un mensaje deliberado por mi parte. El espectador debe cerrar la película como mejor le parezca. |
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Es muy interesante tu puesta en escena: cuanto más trágico es lo que quieres contar, menos concesiones haces al sentimentalismo.
Si hay que elegir entre quedarse corta por sobria, o pasarse, yo prefiero quedarme corta. El reto del guión está en saber emocionar en el preciso momento, sin adelantarte, tratando luego que las interpretaciones de los actores sean más contenidas que externas. Si un guión tiene suficiente potencia dramática no es necesario cargar las tintas en la puesta en escena. Además está la libertad del espectador: yo doy una información, y luego cada uno debe sacar sus conclusiones. Mis películas tienen que hablar por sí mismas, carecen de un mensaje deliberado por mi parte. El espectador debe cerrar la película como mejor le parezca. En una entrevista decías que hay ciertas preguntas, que a veces se asocian a la adolescencia, y que, sin embargo, el hombre nunca deja de hacerse. Vivir es preguntarse constantemente. Sin hacerse preguntas es imposible no sólo hacer cine, sino incluso vivir. Siempre nos preguntamos, constantemente, sobre nosotros y sobre lo que nos rodea. Arrabal dice: El amor es antropofagia. ¿Estás de acuerdo? No; hay un personaje de mi película así, pero hay en el film otras formas de amor. Adela vive una forma equivocada de amor porque ella no está abierta, sino cerrada y empecinada. El amor siempre es apertura. Juan Orellana |