RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioDesde la feContinuar
Las fumarolas de
Gracia Querejeta

La historia: Tres hermanas que llevan tiempo sin verse y tienen que reunirse para repartir las cenizas de su madre muerta a tres personas que han sido claves en su infancia. De primeras, uno ve el cartel (baile de parejita de enamorados, años 50) o atiende a la publicidad de la cinta (una historia sobre los lazos familiares...) y se cree que tiene delante un remake de La casa de la pradera, o que va a disfrutar con esa clase de historias de hermanos que se quieren, se pegan, se reconcilian, y terminan abrazados entre risas al calor de una barbacoa. Nada más lejos del cine de Gracia Querejeta. Con Cuando vuelvas a mi lado, la directora se ha marcado una trilogía de notables películas junto a Una estación de paso y El último viaje de Robert Rylands. Todas ellas realizadas con mucho oficio, una espléndida dirección de actores y un intenso olor a cine internacional. Pero se deja sentir en sus trabajos la nostalgia por una descripción profunda del alma humana, aunque hay que anotar que muchos de sus trazos son brillantes.
Es el caso de quien ha pasado por la experiencia de comer cordero una tarde de otoño en Sepúlveda. Cuando vuelve a Madrid y quiere volver a repetir la faena en cualquier restaurante, aparece la frustración, el cordero siempre le parece deficiente. Así pasa con el cine de la hija de don Elías. Cuando uno ha experimentado pedazos de realidad en películas como Grand Canyon, Paseando a Miss Daisy o Cosas que olvidé recordar, encuentra en el cine de Gracia un exceso de grasa y poca lumbre. Porque la directora vasca quiere acercarse al espectador desde la acera de lo escabroso. En vez de tocar nuestro corazón con una pluma lo hace con tenedor, arañando, rasgando, para impresionarnos y provocar una reacción inmediata. Quizá los dramas que ofrecen más visos de realidad surgen de la sutileza de lo cotidiano más que del realismo forzado o del tremendismo. La directora se preocupa más por resolver la truculencia de la historia que por perderse en las maravillosas conversaciones del trío de hermanas protagonistas, que es donde habita toda la carga de profundidad de la cinta (con una Adriana Ozores inmejorable y con una Mercedes Sampietro enigmática y magistralmente contenida). Es más entrañable en la película ver con qué fiereza las hermanas se arrojan el vinagre del pasado a la cara, al tiempo que percibes cómo se necesitan, que incidir obsesivamente en la locura de la madre que se inventa un infierno a su alrededor. Gracia Querejeta lleva la acción por la línea hitchcockiana de Rebeca (sumir al espectador en la obligación de definir y redefinir a los personajes permanentemente, porque no son lo que parecen...), pero abandona ese preludio maravilloso de las hermanas que van en busca de su pasado, diluyéndose su ensalada de relaciones en un abrupto final.

Eso sí, la Querejeta tiene mucho gusto dirigiendo. Sus películas son siempre íntimas, aunque se lleve a Oxford a todo su equipo técnico, como hiciera con El último viaje de Robert Rylands. Su cine es de escenas brillantísimas, soberbias intuiciones, pero nunca aparece el cráter del volcán; sólo fumarolas.

Javier Alonso Sandoica