RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXX Domingo del tiempo ordinario
Evangelio
En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo:

-En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos; haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente sobre los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestro.

Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Mateo 23, 1-12

Altruismo de silicona
El riesgo de hipocresía acecha a toda conducta humana. A nadie puede extrañarle, pues, que el creyente corra el peligro de cuidar sus formas religiosas más que su entrega interior; la fidelidad y generosidad es siempre más exigente, y la fe puede verse deformada si se acomoda en lo externo y no crece en lo interior. Los fariseos y letrados del tiempo de Cristo dejaron constancia de ese pecado religioso. Pero Jesús, con esta diatriba, va más allá: desenmascara toda presunción. Perderíamos el tino para escuchar a Dios en el presente si nos quedásemos en aquellos ejemplos desdichados o en fáciles aplicaciones a males parecidos y quizás ajenos a nosotros.

Nada más fácil, en el siglo de la imagen, que caer en un exhibicionismo frívolo, en la autojustificación, en la sicosis del prestigio, en apariencias y ostentaciones. Hay muchos justos y justicieros de pacotilla, muchas poses para las fotos, mucho altruismo de silicona; da igual que alimente cierta mística vacía idealizando lo auténtico y comprometido, o que venga del no piadoso cuando juzga al que reza y cae así en otra falsa piedad peor. Porque no se hace el bien por lo que uno dice, sino por lo que uno es. Y es que siempre que se entroniza el yo, el amor propio, se hipotecan las energías del corazón; y cada vez que perdemos vida interior, relación personal con Dios, tensión por exigirnos y dar lo que Él nos pide, banalizamos la vida cristiana. No hay que olvidar que la frontera entre el reino del bien y el reino del mal pasa por mi propio corazón, decía san Francisco de Sales.

La caricatura de la ostentación y vanidad farisaica contrasta con la autenticidad de Jesús, que, antes de padecer, juzga a sus jueces. La vida contradictoria de éstos les ha hecho conspirar contra Él. Sin embargo el servicio del Señor humillado que será ensalzado no es exhibicionismo, sino autoridad verdadera, un magisterio sin paternalismo. Yo estoy entre vosotros como el que sirve.

Llamar Padre sólo a Dios, por tanto, es la forma que tiene Cristo de recordarnos que el sentido de la relación con Dios y con los hombres se recupera en el servicio humilde. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Hoy no nos gusta pasar por maestros, ni es políticamente correcto afirmar la verdad. Censuramos inmediatamente cualquier magisterio pretencioso y autoritario, aunque el engreimiento crítico con el que nos sobreponemos a nuestros legítimos maestros no anda lejos del de los letrados de entonces. ¿Y el silencio cobarde por el que muchos que deben enseñar, por estar obligados a ello, se callan? Cuánta falsa prudencia, respetos humanos, la frivolidad permanente de los que dicen y no hacen hay en nuestra atmósfera contaminada de palabrería...

Precisamente porque sólo Dios tiene el patrimonio de la verdad, su cuidado de Padre amoroso no nos exige que renunciemos a él, sino que lo ejerzamos en estricta dependencia suya. No podemos claudicar de enseñar, educar, transmitir lo auténticamente valioso, la verdad, la vida de Dios, que es hacer el bien mayor. Pero, menos aún, de aprender, de ser hijos, siempre discípulos, porque para serlo de veras, y no en apariencia, hay que unir siempre a la verdad la humildad y el amor.

La morada de la caridad es la humildad y por el camino del amor sólo pasan los humildes (san Agustín).

Rafael Zornoza Boy


Padre rico en misericordia
Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a usar misericordia con los demás: Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. El hombre alcanza el amor misericordioso de Dios en cuanto él mismo se transforma en el espíritu de tal amor hacia el prójimo. Este proceso no es sólo una transformación espiritual realizada de una vez para siempre, sino todo un estilo de vida, una característica de la vocación cristiana. Se trata de un amor misericordioso que por su esencia es amor creador; en las relaciones recíprocas entre los hombres no es nunca unilateral. Incluso en los casos en que todo parecía indicar que sólo una parte es la que da y ofrece, mientras la otra sólo recibe y toma, en realidad también aquel que da queda siempre beneficiado.

Juan Pablo II. Dives in misericordia, n. 14