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Bien ha hecho aquí el Gobierno al promover un libro dedicado a los símbolos de España, el escudo, la bandera y el himno. Cuando la directora-prologuista, profesora Iglesias, nos advierte que no deben servir como pilares para discursos fundamentalistas, está citando expresamente, quizá sin advertirlo, otro de esos signos de un nuevo patriotismo inclusivo e integrador recomendados por el presidente Aznar. Nos referimos, claro está, al Pilar de Zaragoza y a la advocación de Nuestra Señora que sobre él se apareció y que, no por casualidad, veneramos hoy como Patrona de España con una festividad que, celebrada este año en martes, ha resultado especialmente pontifical.
Es una historia que viene de lejos pues ya el Papa Clemente XII, hace casi tres siglos, extendió su culto a toda España por los mismos días en que un carmelita aragonés, el padre Falci, escribía un grueso libro titulado largamente, al uso de la época, así: Aragón, Reyno de Christo, y dote de María Santísima, fundado sobre la columna immobil (sic) de Nuestra Señora en su ciudad de Zaragoza. Mucho antes, aquel astuto ministro de Felipe IV que fue el Conde-Duque de Olivares había querido integrar la fe mariana de los aragoneses en lo que él llamaba lo universal de la Monarquía; o sea, hacer de ella un símbolo de toda España. |
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También allí, en Iberoamérica, los nombres de la Virgen simbolizan mucho en cada nación. Los turistas, sean pontificales o de más larga duración, conocen sobre todo a Copacabana por la espléndida playa de este nombre. Pero esa voz designa, sobre todo, el mejor símbolo de la cultura mestiza de Bolivia, nos dice el embajador de ese país en el Vaticano, don Jorge Siles Salinas, en el semanario en español que publica L«Osservatore Romano. Se trata del santuario de Nuestra Señora de Copacabana que se alza a 140 kilómetros de La Paz, muy cerca de la frontera con el Perú, en una península del gran lago Titicaca; el nombre del lugar y del santuario viene de las palabras indígenas Khota y kahuana que precisamente significan mirador del lago.
Puesto que allí se rendía por el pueblo quechua culto al sol, se esforzaron los misioneros españoles -dominicos, agustinos, franciscanos y jesuitas- en ganar esas regiones para la fe cristiana, explica el embajador. Y la mejor prueba viviente de que Dios les ayudó en el empeño la da la biografía del escultor Francisco Tito Yupanqui, de noble estirpe incaica y autor de la más popular efigie de la Virgen cuyos milagros edificaron a sus conciudadanos. El artista estaba bien inspirado; porque, como él mismo cuenta, antes lo mandé dezir una misa de santesema Trinidad para que se saliese bueno este hechora, es decir, esta escultura. Por eso, desde 1583, la imagen y, luego, la gran basílica construida para albergarla son un símbolo espiritual de Bolivia que ha irradiado a otros lugares donde también le rezan millones de fieles, incluido el náufrago portugués que se salvó ante la costa de Río de Janeiro y alzó allí la capilla que en su hora de angustia había prometido a la Virgen de su devoción y que trasladó al Brasil aquella advocación boliviana de Nuestra Señora. Carlos Robles Piquer |