RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioEspañaContinuar
Cáritas, Premio «Príncipe de Asturias de la Concordia 1999»
Por un mundo en concordia
Cáritas ha sido premiada con el , teniendo en cuenta -según dicen las razones del Premio-
su ejemplar labor en la promoción de la solidaridad, en una dimensión a un tiempo local
y universal, mediante una lucha tenaz contra la injusticia y la pobreza,
que eleva la conciencia moral de la sociedad

Había dolor infinito, quizá desesperación, en el rostro de la mujer chechena, cuando le acercaron el micrófono y la cámara. Su gesto, más que sus palabras, resultaba un latigazo en las espaldas acomodadas en el sofá. Como si, de golpe, se hubiera hecho trizas el sueño de un mundo en concordia. ¿Es posible soñar, cuando acechan tantos rostros de mujeres chechenas, o de mil y un países, en esta tierra nuestra?

Sin embargo, sobre el abismo de la desesperación es preciso reclamar el aliento de Dios para que se haga de nuevo la luz, como en los viejos tiempos sobre el caos informe de la tierra. La mujer chechena, sobre su casa y su entorno familiar, tiene derecho a compartir la visión optimista de Dios sobre la entera Humanidad: Y vio Dios que era bueno es la muletilla repetida por el redactor del primer gran capítulo de la Biblia, porque él también tenía necesidad de soñar en un mundo en concordia.

HAY DISCORDIA...


Además de esas aves de mal agüero que son los aviones enemigos, hay otros motivos de dolor, en Chechenia, en Asia, en África, en Ecuador, y aquí mismo en Madrid, aunque con intensidades diferentes: el hambre físico, que deja marcados los cuerpos de niños y ancianos; el hambre o la necesidad de un techo para cobijarse con calor; la necesidad de educación y cultura, porque, sin ellas, la vida y nosotros mismos somos un jeroglífico indescifrable; la carencia de calor familiar, de amistad, porque hay pocas cosas tan tristes como carecer de un espejo humano en quien mirarse; la falta de salud y/o de condiciones higiénicas mínimas; el trabajo que falta, los recursos económicos mínimos, la libertad y el respeto profundo a cada persona, a sus necesidades y aspiraciones, única manera de entender razonablemente la democracia... ¿Alzamos la vista para mencionar problemas de mayor envergadura? La globalización financiera, tan favorable para unos como funesta para los indefensos; la superabundancia en unos países y la angustia cotidiana para muchos millones de seres; la eficacia con que determinados grupos de presión, nacionales o internacionales, logran sus intereses, mientras grandes mayorías desconocen qué palillo tocar...

Vivimos en un mundo y un tiempo lastrados por tantas y tales injusticias... ¿Seremos capaces de levantar el vuelo para soñar con un mundo en concordia?

...SIN EMBARGO, LA CONCORDIA SE MUEVE

Así lo entienden los que han premiado a Cáritas con el Príncipe de Asturias de la Concordia 1999, aludiendo a su ejemplar labor en la promoción de la solidaridad, en una dimensión a un tiempo local y universal, mediante una lucha tenaz contra la injusticia y la pobreza, que eleva la conciencia moral de la sociedad. ¡La concordia se mueve!

Oído esto, a todos los aludidos (voluntarios, profesionales, técnicos, colaboradores económicos, la propia institución eclesial, y hasta muchos otros participantes en otras iniciativas solidarias), no nos cabe más que, con modestia y gratitud, pararnos un instante, mirarnos a los ojos para anudar nuevas complicidades, reafirmar la fe en un destino manifiesto de concordia, que los cristianos llamamos fraternidad, y ponernos de nuevo en camino, pisando el barro más cercano. Soñemos que son muchos los que pisan todos los barros del mundo, para hacer posible el paisaje fértil de la concordia. La concordia se mueve, pero demasiado lentamente. Así lo sentimos incluso quienes nos vemos aludidos en este Premio de la Concordia.

Todos los hombres y mujeres tienen derecho... También las mujeres chechenas como la que abría esta reflexión. Ellas y cualquier otra persona apabullada, por la vida o vaya usted a saber, tienen derecho a dejar de ser víctimas. ¿Permiten que les robe algunos de sus sueños y los haga aquí públicos?

Tienen derecho a vivir en paz, en medio de su familia, de su casa y de todas sus otras cosas, sin que ningún avión enemigo interrumpa su tranquilidad de gente pobre, y gente digna, como cualquiera otra gente. ¡Tienen derecho a ser felices, vaya que sí!

Las víctimas de cualquier injusticia tienen derecho a comer, a vivir, a aprender, a trabajar, a convivir, a mirar a los ojos a los otros y compartir una sonrisa solidaria, a participar juntos en la tarea de empujar la Historia hacia delante.

UNA TAREA APASIONANTE


Negros y blancos, mujeres y hombres, chechenos y rusos, africanos y asiáticos, niños y ancianos, judíos y palestinos, analfabetos y un poco menos, pobres y un poco más (hay gente tan pobre que sólo tiene dinero)... todos y todas tienen derecho a ser tratados como iguales, atendidos como iguales, queridos como iguales, hermanos todos al fin y al cabo en una sola raza, la raza humana.

¿No es éste el sueño que alimentamos los que soñamos con un mundo en concordia? Disimular la dificultad de proyectar este sueño en la realidad de cada día sería ingenuo, cuando se sabe de la maleza del camino y se comprueba que flaquean las fuerzas. Pero aceptarlo como tarea es apasionante. Casi, casi, es una razón para vivir de otra manera.

En Cáritas, quizá sea una suerte, además de ideas y sentimientos de solidaridad que compartimos con mucha gente, creemos tener una razón mayor: la convicción de que Dios es Padre de todos y todos somos de verdad hermanos. ¿Podríamos justificar, entre hermanos, la discordia? Tal vez eso nos permite soñar un poco más con un mundo en concordia.

A. Vicalcán