RetrocesoA&ONº 184/28-X-1999SumarioTestimonioContinuar
«Rusia es tierra de mártires»
Éste es el testimonio ofrecido por monseñor Kiemens Pickel, obispo auxiliar de la Rusia
europea, ante el II Sínodo de los Obispos de Europa que acaba de ser clausurado en Roma:

Quisiera hablaros del lejano oriente europeo, cuya Iglesia fue condenada al silencio durante años. Después de la revolución bolchevique de 1917, las estructuras eclesiásticas en Rusia fueron sistemáticamente destruidas. Obispos y religiosos fueron asesinados o encerrados en horribles campos de concentración. En este siglo que está llegando a su fin, la tierra rusa está impregnada de la sangre de innumerables mártires de todas las confesiones.

Hoy la Conferencia Episcopal Rusa está asociada a las europeas, aunque trece millones de kilómetros cuadrados de Rusia forman parte de Asia. Los confines del territorio de los cuales se ocupa nuestro Sínodo están, por lo tanto, marcados por el Atlántico al oeste y por el Pacífico al este.

Como sacerdote católico de la diócesis de Dresde-Meißen, en 1990 me trasladé a la Unión Soviética para ayudar a las personas dispersas por el vasto territorio que desde hacía cincuenta o sesenta años esperaban a un sacerdote. Ellas resistieron y transmitieron su fe. No todas, naturalmente. Se había vuelto peligrosísimo rezar junto a los niños. La llama que quedó era pequeña, pero era una llama, o mejor dicho, un fuego si se la compara con la luz artificial de la vida eclesiástica, de la que conocí los diversos matices. Podría parecer una exageración, pero la verdad es que yo, que iba a ayudar, tuve que constatar que era yo quien recibía ayuda. En toda mi vida no había sentido jamás tanta alegría por mi llamada al sacerdocio como la que sentí en el momento en que pude administrar los sacramentos a personas que los esperaban ansiosamente.

El territorio que antes pertenecía a mi parroquia hoy se ha convertido (casi) en mi diócesis. Se trata del territorio jurisdiccional más pequeño de Rusia, en el sur de la parte europea del país, cuyo tamaño equivale a cuatro veces Alemania. Me ayudan treinta y cinco sacerdotes provenientes de ocho países diferentes. Entre ellos, lamentablemente, aún no hay rusos. La nueva ley sobre la religión, vigente a partir del 1/1/2000, exigirá la ciudadanía rusa o, por lo menos, la green card para todos los superiores de las comunidades religiosas, pero no prevé la posibilidad de inserción de sacerdotes extranjeros. Siete de los 70 seminaristas de San Petersburgo pertenecen al territorio de mi competencia. Las 50 comunidades católicas en el sur de Rusia se hallan a una distancia de 300 km. entre ellas. Los sacerdotes tienen que estar dispuestos a llevar esta cruz en soledad. La falta de lógica y la corrupción de las autoridades locales complican aún más la situación. Hasta en la propia comunidad es difícil hallar a alguien en quien confiar y a quien confiar responsabilidades, porque la palabra altruismo es extraña al homo sovieticus.

Después de una acción caritativa de una comunidad urbana, el diario local escribió: Ahora vemos qué pedirán a cambio. Nadie hace nada sin esperar nada a cambio. Aun así, estas personas quieren creer. El comunismo ha destruido su dignidad, pero ellas siguieron siendo seres humanos, almas amputadas que sufren porque permitieron que se las alejara de Dios. Frecuentemente esta mutilación tuvo su origen en dos o tres generaciones anteriores.

Entre las cuarenta religiosas que me asisten, hay también diecisiete Hermanas de una Congregación indígena fundada por el difunto arzobispo de Letonia Jurgis Matulaitis. Cuando antes hablé del fuego que encontré, me refería, sobre todo, a estas monjas. Muchas de ellas recuerdan aún la clandestinidad, la persecución y los interrogatorios de la KGB. Mientras de día trabajaban como enfermeras, docentes o costureras, de noche preparaban a las personas para recibir los sacramentos, para que estuviesen listas en caso de que un día pasara por allí un sacerdote. A través de su fidelidad cotidiana, estas hermanas me han enseñado mucho sobre la vida espiritual. No son personas cultas, y, sin embargo, han acompañado a una infinidad de personas por el camino de la primera confesión. Nunca habría imaginado que iba a comprobar una conversión interior tan profunda en el sacramento de la Penitencia. Cada año se cuentan nuevas vocaciones. Las muchachas ya no provienen de familias creyentes, sino de las comunidades en las que estas hermanas sirven a Cristo y aman a la Iglesia. El buen ejemplo, el fuego, es contagioso. Hace poco tiempo decidieron rezar durante nueve meses una novena por las vocaciones. La novena significa oración, sacrificio, trabajo intenso sobre sí mismos... Resultado: nueve postulantes en poco tiempo.

Quisiera pronunciar algunas palabras sobre la situación ecuménica en el sur de Rusia, donde también se encuentran áreas musulmanas, como, por ejemplo, Tataristán, Baschiristán, Chechenia y Dagestán, y la República budista de Kalmykia. En los encuentros con mis hermanos ortodoxos, de vez en cuando surge el temor al contacto debido al desconocimiento. Me atrevo a hablar, sin embargo, de evolución positiva. Aquello que nos acerca principalmente es la posición defensiva (secularización, Islam); también el Catecismo de la Iglesia católica frecuentemente ha demostrado ser una buena base de diálogo. En último lugar, pero no por ello menos importante, puedo afirmar que también el amor por la Iglesia de vez en cuando nos reúne. Muchos son los motivos para dar gracias a Dios y muchos para rezarle.