I CONGRESO MISIONERO
Conferencia Ibérica de Capuchinos
MADRID
21-24 ENERO 1999
Dolor, ante el asesinato de Sierra Leona, en el I Congreso Misionero Capuchino

"La suerte de los misioneros no se puede separar de la causa de un pueblo"

Los misioneros consideran que arriesgar la vida por los demás forma parte de su compromiso.

Los misioneros y voluntarios cooperantes reunidos en el I Congreso Misionero Capuchino han acogido con dolor la noticia de la Misionera de la Caridad asesinada en Sierra Leona, en cumplimiento de su misión evangelizadora. Los participantes en el Congreso han afirmado ser conscientes de que su trabajo entraña un riesgo asumido de antemano.

"Como decía mi compañero, Monseñor Alejandro Labaka, asesinado junto al río Tigüino, afirma un misionero capuchino, el jugarse la vida forma parte del negocio". El capuchino Miguel Angel Cabodevilla, llegado desde la selva amazónica para participar en el Congreso, afirma que "lo normal es que la suerte de un misionero vaya unida al cumplimiento de su deber. Su suerte no se puede separar de la causa de un pueblo. Los misioneros colocados en la frontera de la pobreza y de la violencia son, más que nada, un altavoz que sirve al menos para señalar los problemas irresueltos de nuestro mundo." Este misionero vasco, que conoce de cerca los peligros que implica su tarea, insiste en apuntar al sufrimiento de todo un pueblo. "Junto a un misionero que muere, hay otros muchos inocentes que están muriendo. Nos unimos al dolor de su familia y de sus compañeros religiosos, ha declarado. Pero también al del pueblo violentado en Sierra Leona. La muerte de misioneros no debe ser necesaria, pero creemos que servirá a una causa justa y verdadera". La Asamblea del I Congreso Misionero Capuchino, tras recibir la noticia de la religiosa asesinada, guardó unos minutos de silencio y oración.

Para Mons. Jesús Esteban Sádaba, obispo-vicario apostólico de Aguarico (Ecuador), la muerte de un misionero supone "perder a alguien que llevas dentro del corazón. Los misioneros vivimos entre todos un sentimiento de unión y colaboración que ayuda a mantenernos fuertes en nuestra tarea. Somos conscientes del peligro, al menos los misioneros que yo he conocido y han muerto sí lo eran. Recuerdo que Mons. Labaka, mi antecesor, escribió a Pablo VI para consultarle si podía exponer su vida y la de sus compañeros por causa del evangelio. Y la hermana Inés, que fue asesinada con él, dejó escrito que si moría lo hacía contenta de cumplir su deber por el Evangelio".


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